Maracaibo

Los expertos parecen estar de acuerdo en que existen tres flechas del tiempo que diferencian el ayer del mañana, tres saetas intangibles que marcan el camino de manera unidireccional. Las flechas termodinámica, psicológica y cosmológica van de la mano y señalan siempre en una misma dirección según los teóricos de la física. Esto sería muy largo de explicar y más complicado aún de entender, y además sobrepasa con mucho las expectativas de un blog que es más de letras que de números pese a estar escrito por un jugador de poker, pero vaya, vamos a quedarnos con que el universo entero está gobernado por algo tan simple como lo siguiente: las causas preceden a los efectos, y nunca al contrario. Tristemente esto imposibilita los viajes al pasado.

Y sin embargo yo lo hago siempre que viajo, aquí en América he encontrado la manera de dar esquinazo a la dictadura de los relojes. La dueña de la casa en la que vivo es fan de Mocedades y en el gimnasio que frecuento suenan Duncan Dhu cada dos por tres. De mi etapa mexicana os puedo contar lo que sucedió en un bar de la Zona Rosa del DF el día que entré a tomarme una cerve después de regresar del Museo Nacional de Antropología. Recuerdo haber entrado allí y también recuerdo haberme dado el piro justo en el mismo instante en que empezó a sonar “Marta tiene un marcapasos”. Ya os expliqué mi habilidad para los moonwalks cuando de salir con disimulo de peluquerías caras se trata, pues bien, esto también es de aplicación para los garitos regidos por Hombres G lovers.

Para lo bueno y para lo malo toda esa música que jamás se me ocurriría escuchar en España me transporta a lo que yo era antes. Y no, no estoy hablando de recuerdos, hablo de viajar con todo en dirección contraria a la que nos empuja la tiranía del tiempo.

Anoche de vuelta a casa volvió a suceder: me tropecé con los acordes del Maracaibo de La Unión saliendo por la ventanilla de un taxi y no pude resistir la tentación de girar la cabeza. No sé si el taxista sería venezolano, quizá sí lo fuera -cada vez hay más en esta ciudad-, e incluso es posible que fuese maracucho. El semáforo cambió de color pero pasé de él, me quedé donde estaba aplicando el oído hasta que la última nota se perdió en la locura del tráfico de Tobalaba.

Es difícil opinar con criterio desde fuera así que no voy a cometer el error de hacerlo; ya no soy tan joven como para tragarme las historias de buenos y malos, de indios y de vaqueros. Sin embargo sí quería aprovechar la ocasión y dedicar esta entrada a los venezolanos que he tenido oportunidad de conocer aquí en Santiago, y especialmente a todos aquellos que se están dejando el pellejo por conseguir un país mejor.

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Garúa

El palabro del título lo incorporé a mi vocabulario este fin de semana. Se lo escuché decir a la señora de la casa hablando del tiempo con una vecina y automáticamente se me pusieron tiesas las orejas, como las de un perro cuando le silban. Es un movimiento que no puedo controlar, una especie de reflejo desencadenado por vocablos exóticos.

Hasta ayer yo me manejaba con los verbos de toda la vida, los de mi tierruca, a saber: lloviznar, chispear y pintear. De vez en cuando mi cabeza se iba a tierras vecinas para ampliar el repertorio con sustantivos como sirimiri y orvallo, pero ahí se quedaba todo, era un vocabulario estrictamente ibérico. Garúa sin embargo es mucho más vistosa para un europeo porque, a pesar de que su origen está también en Iberia, en Portugal concretamente -dice el DRAE que deriva del portugués dialectal caruja-, es una palabra que solo puede escucharse en América, igual que el zumbido de los colibríes.

Y eso es básicamente lo que está haciendo por aquí estos días: llover. A veces llueve fino y otras veces a cántaros, pero vaya, que el tiempo es otoñal como corresponde a estas fechas. Sin embargo esta mañana el sol ha decidido salir para llevarme la contraria mientras escribo esto. Bienvenido sea. Tenía pensado explayarme más sobre los tipos de tiempo locales pero los rayitos que entran por la ventana me han hecho cambiar de idea. Quiero pasear por la calle mi cara de vampiro antes de que nos vuelvan a mandar más nubes desde el Pacífico, así que voy a despachar la entrada con un último párrafo.

He encadenado unos meses de marzo y abril lluviosos en Reino Unido con un mes de mayo igualmente pasado por agua en Chile. Definitivamente no es un clima aconsejable para reumáticos pero sí lo es para jugadores de poker. A mal tiempo, largas sesiones. Espero cerrar el trimestre acuático en torno a las 270.000 manos, a una media que rondará las 800 manos/hora. Eso es bastante, pero, para el que no lo sepa, jugar poco es un lujo solo al alcance de los cracks del oficio, gentes que manejan win rates tan altos que no necesitan quemarse la pestañas frente al monitor. Sin embargo los jugadores del montón necesitamos dar muchas vueltas a la noria, de ahí el nombre de este blog.

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1.199 días

Mil ciento noventa y nueve días -bien bonito el número- son los que median entre la mañana en que alumbré este párrafo glorioso…

Ya no podría ganarme la vida como velocista. Tengo demasiados años para ponerme ahora a galopar los cien metros lisos. Como fondista quizá tuviera alguna oportunidad porque me consta que hay algún quinto mío petándolo en el maratón. Pero si correr, en general, no es de valientes, meterse 42 kilómetros tiene que ser de cobardes gallinas, además de agotador. Descartado.

… y la fecha del primer maratón en el que me he inscrito. Es el 4 de junio, ya está casi encima. Socorro.

No es la primera vez que viajo en el tiempo para rescatar esas cinco líneas, y ahora, cuando el momento de la verdad está tan cerca, no he podido resistir la tentación de hacerlo de nuevo. Las incoherencias de políticos y demás gente importante son puestas en evidencia por las hemerotecas. Ni uno solo se escapa. En cambio el común de los mortales, aprovechando que la sociedad es un gigante estúpido con memoria de pez, tenemos patente de corso para decir hoy blanco y mañana negro sin que pase absolutamente nada. Esto es así salvo que el anónimo de turno -yo en este caso- sea tan insensato como para ir dejando escrito lo que piensa cada semana en un blog.

Recuerdo el día en que fui a la peluquería de siempre y la encontré cerrada. Ah, ¿sí? Pues ahora me dejo melena. Tengo bien presente también el día en que me pusieron en la calle en mi último curro. Ah, ¿sí? Pues ahora pienso ganarme la vida jugando al poker. Y tampoco se me ha olvidado el día en que me lesioné preparando mi primera gran carrera en Peterborough. Ah, ¿sí? Pues ahora voy a entrenar para correr un maratón. Funciono de esa manera, no suena muy inteligente pero es lo que hay.

Así es como he pasado del “correr es de cobardes” a entablar amistad con el de la fotografía. Ahora somos inseparables, me acompaña a todos los lados y además fue el primero en felicitarme por mi cumpleaños. Es él quien me dice lo lejos que estoy de cubrir la distancia de los cuarenta y dos kilómetros largos en el tiempo de Dennis Kimetto. El tipo corrió en Berlín a una media de 2:55 min/km, y si alguno piensa que eso no es ir deprisa que pruebe a subirse a una cinta en el gimnasio y trate de mantener una velocidad de 20,5 km/h. Y después nos cuenta.

Pero no es cuestión de quedar por delante de los keniatas, se trata de acabar dignamente. O por lo menos de acabar.

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Otoño en mayo

Por la retorcida naturaleza de nuestro trabajo los jugadores de poker tenemos cierta propensión a pasarnos de rosca. Sobre esto había escrito ya muchas veces en los inicios titubeantes del blog, pero fue hace unos tres años cuando le dediqué una entrada a Napoleón Tinieblas, loco donde los haya, y gracias a su inspiración pude resumir decentemente en un párrafo lo que llevaba tiempo queriendo explicarme a mí mismo; decía así:

En el poker, al contrario de lo que pasa en el resto de las cosas, la memoria selectiva prioriza el negro sobre el blanco. Mientras que, en general, con el tiempo se dulcifican los recuerdos y tienden a olvidarse las malas experiencias, en este juego del demonio sucede exactamente al contrario: todos somos capaces de recordar la mano maldita que nos dejó a las puertas de una mesa final en un torneo importante o los peores downswings, pero los buenos momentos pasados se volatilizan deprisa, y eso explica el regustillo amargo que siempre solemos tener en la boca los que estamos en el oficio y el por qué transitamos habitualmente por el filo de la ida de olla; hasta en eso es perro el poker.

Si al subibaja emocional del curro diario le sumas los desarreglos propios de los cambios de huso horario -y a veces también de hemisferio-, la verbena de biorritmos está servida.

Después de dos veranos consecutivos este es mi primer otoño en Chile. Se me hace raro caminar por las calles de Santiago con las manos en los bolsillos y la nariz fría como la de un chucho. Siempre buscando la acera soleada.

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La de los autobuses urbanos

Stagecoach, así se llama la compañía que lleva de un sitio a otro a todos los que no tenemos coche ni dinero para taxis en Peterborough. En sus autobuses nos damos cita cada día marujas con críos, gente de edad y losers de toda clase y condición -obviamente yo no formo parte del primer grupo, y respecto a los otros dos podéis ubicarme en el que queráis-.

Son viejos, sucios, impuntuales y caros. Y cada vez más caros. Esta mañana, al entrar en una de esas tartanas, me di de bruces con el cartelito que véis a la izquierda de este párrafo y no pude evitar la tentación de desenfundar el móvil entre el gentío, aguantando como un machote codazos y empujones, para tirarle una fotografía. Cuando llegué aquí por primera vez en febrero de 2014 el abono semanal estaba en torno a las £12, y han aprovechado el último día de abril de 2017 para subir el precio -una vez más- hasta casi las £15. En todo ese tiempo los buses se han hecho más viejos, están cada vez más sucios y siguen sin ajustarse a las frecuencias marcadas para cada línea, ni siquiera por equivocación. Sobre el carácter avinagrado de los autobuseros no tengo nada que decir porque, de acuerdo con mi experiencia, la mala baba al volante es una constante universal.

Pero si algo me pone especialmente rabioso es que cada subida de precio ha venido precedida del mismo cochino cartel, siempre con idéntico título: “Fare changes“. Como si hubiera alguna posibilidad de que el cambio de tarifa fuera a la baja. No sé cómo llamarle a eso pero es una manera muy inglesa de decir las cosas. En fin, dentro de un par de días les diré hasta la vista. Es algo que me encanta dejar atrás cuando salgo de Reino Unido.

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Zafarrancho de limpieza

Cuando el telediario abre con una imagen como la de la izquierda normalmente el audio que la acompaña empieza diciendo algo como: “La Guardia Civil se incautó…

No es el caso esta vez. Los pesos argentinos, mexicanos y chilenos, libras esterlinas y euros de la fotografía aparecieron en mi piso de Valladolid después del último zafarrancho de limpieza de estos días. Falta iba haciendo. Lamentablemente todo ese billetaje al cambio se queda en nada y el jet privado tendrá que seguir esperando; mañana, como siempre, será Ryanair la que me lleve de vuelta a Reino Unido.

Fardos de hachís no formaban parte del alijo -todos los tahúres nos tenemos bien ganado el infierno por muchas razones, pero lo cierto es que ese género no lo trabajamos-. Junto con el dinero no había estupefacientes, lo que encontré fue el artilugio que podéis ver en la foto de la derecha, algo mucho más propio de los de mi oficio. Si alguno no está familiarizado con el dispositivo le explico para qué sirve en un plis plas: es un dispositivo electrónico cuya función es generar contraseñas de manera aleatoria y se utiliza para proteger información delicada en la red, como por ejemplo una cuenta en un casino online. Me lo enviaron los de PokerStars hace ya casi cinco años, al poco de llegar a Malta.

Y en el mismo sobre en el que llegó lo encontré. Desde que les juré odio eterno a los de Stars, hace ya mucho tiempo, no lo había vuelto a utilizar y acabó olvidado en un cajón de los que casi nunca se abren. Me detuve unos segundos en la familiar dirección maltesa –Triq Il-Qalb Imqaddsa, Saint Julian’s…– y antes de ponerme más nostálgico de lo necesario metí la mano dentro y lo saqué. Y allí estaba el pobre, apagado y frío como una piedra, muerto desde vete a saber cuando. Justo en ese instante me vi a mí mismo un lustro atrás, abriendo aquel sobre por primera vez y saludando a mi nuevo amigo, con todos esos números saltando sin parar en su display. Recuerdo haber pensado entonces que mi mascota electrónica no moriría nunca. En aquel momento yo era razonablemente joven y también pensaba que iba a vivir para siempre.

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Las flores del sauce

Por más que los británicos se empeñen en dejar de ser europeos los sauces de por aquí siguen a lo suyo, sin darse por aludidos, marcando con su floración el paso del invierno a la primavera en el sur de Inglaterra, exactamente igual que en el resto de la Europa Occidental que yo conozco. No hace falta ser un entendido en leyes para saber que el art. 50 del Tratado de la Unión Europea, se aplique como se aplique, va a dejar las cosas verdaderamente importantes tal cual estaban. Lo que ocurra con los jugadores de poker españoles aquí expatriados y con el resto de los currantes extranjeros es harina de otro costal. Pero ya hablaremos de eso en otra ocasión, porque esta entrada va de Salix sp.

Los sauces hibridan entre ellos con facilidad y eso complica la identificación de las distintas especies incluso a ojos de un especialista.  Si el bloguero de turno no solo no es un avezado botánico sino un geógrafo del montón, retirado además hace ya mucho tiempo, las posibilidades de quedar como Cagancho en Las Ventas se elevan hasta el infinito. Con todo me voy a lanzar a la piscina y voy a decir que el de la foto es un Salix fragilis L. Y además es un chico. Ahí lo dejo. Se trata de una especie dioica, es decir, con individuos machos y hembras, y los amentos del pie fotografiado son masculinos.

C. Linneo fue uno de los grandes científicos del siglo XVIII, y aunque en alguna ocasión metió la pataza bautizando especies de manera no muy apropiada basándose, por ejemplo, en distribuciones geográficas erróneas, en el caso del Salix fragilis el sabio sueco lo clavó porque se trata de un árbol cuyas ramas se rompen con suma facilidad, de ahí que lo de fragilis esté tan bien traído. Los nombres comunes ingleses para esta especie son también bien expresivos en ese sentido: crack willow y brittle willow. Pero que nadie piense que su carácter quebradizo es una debilidad, al contrario, su gusto por las riberas y la facilidad de enraizar que tienen las ramitas arrancadas por las crecidas de los ríos convierten a las mimbreras en extraordinarias colonizadoras.

La mimbrera de la foto es, además, el árbol favorito de una comadreja supersimpática, por eso os lo he traído por aquí. Éramos vecinos y no nos conocíamos, de hecho, la primera vez que la vi hace unas tres semanas la confundí con una ardilla. Y no, no lo es, es una comadreja: weasel le dicen por aquí. No sé que tendrá de especial ese árbol para ella pero muchas veces me la encuentro correteando bajo sus ramas cuando salgo a trotar río abajo.

Y hasta aquí mi contacto con el mundo exterior. Todo lo demás ha sido poker y más poker. Desde la noche de los tiempos no superaba las cien mil manos en un mes y en marzo volvió a suceder. Y hasta mediados de abril espero seguir igual porque dentro de nada iré a España y después le tocará el turno de nuevo a Chile, y la experiencia me dice que cuando mi alter ego Matt toma las riendas los tapetes virtuales pasan a un segundo o tercer plano.

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