Darwinismo social

El piso que alquilé en Porto venía con vistas al Duero y televisión por cable de serie. Ambos extras estaban incluidos en el precio y tenías que pagar por ellos los quisieras o no. En aquella época ya hacía muchos años que había desterrado la tele de mi vida, pero debo confesar que en Portugal tuve una recaída y fue por culpa del cambio de aires: era demasiado divertido escuchar a Arnold Schwarzenegger y a otros genios de la interpretación de Hollywood como Sylvester Stallone o Steven Seagal sonando a gallego. Sin embargo fue un programa emitido en versión original el que me mantuvo cada día de los que pasé por allá sin poder despegar los ojos de la pantalla: “1.000 Ways to Die” se titulaba. Probablemente los de Def Con Dos, que siempre le tuvieron pánico a una muerte ridícula, desconocían que el catálogo de maneras estúpidas de palmar se podía ampliar hasta el millar.

Por allí desfilaron desde una tipa más bien vieja que intentaba estirarse el pellejo inyectándose aceite de maíz en la cara -por lo visto ese debe ser el sucedáneo barato del bótox para la gente de pocos posibles y menos cerebro-, hasta un notas al que no se le ocurrió mejor idea que mear en un vallado electrificado. Todos ellos, los mil protagonistas, morían de formas horribles aunque generalmente vistosas porque los productores conocían el negocio y cuidaban a la audiencia con esmero. Pero igual que lo cortés no quita lo valiente lo macabro tampoco es incompatible con lo educativo, y al final de cada miniepisodio un entendido en la materia daba unas pinceladas para explicar la estupidez de turno y sus traumáticas consecuencias en el cuerpo de la víctima. Otras veces -y aquí es donde quería llegar- el asunto se abordaba desde el plano sociológico, y entonces el especialisto invitado era un tipo del que no recuerdo su nombre pero cuyo look de científico loco lo emparentaba directamente con Eduard Punset. El experto en cuestión recurría a menudo al darwinismo social para interpretar lo sucedido.

darwinismoY el caso es que a mí nunca terminaba de convencerme. Por alguna razón misteriosa el principio de selección natural formulado por Charles Darwin, y que indiscutiblemente rige en el campo de la biología, hace aguas cuando se intenta trasladar a la sociedad humana. Parece obvio que un sujeto tan tonto como para desafiar a un tendido de alto voltaje con su agüita amarilla no es precisamente el más apto de su especie y merece morir por electrocución antes de transmitir sus genes a la siguiente generación. Pero si esta fuera la norma, si gente así desapareciera del mapa antes de multiplicarse, ¿cómo puede ser que sean necesarios carteles para evitar que millones de individuos, tan talludos como yo, invadan propiedades privadas o mueran atropellados mientras caminan por la calle cazando pokémons sin levantar la vista de su smartphone? ¿Cómo puede ser que en mi país todo el mundo conozca a Belén Esteban y muy pocos sepan algo de Miguel Delibes? ¿Cómo puede ser que un fulano que promete levantar un muro entre México y Estados Unidos vaya a convertirse, salvo milagro, en el próximo presidente de la primera potencia mundial? A estas alturas ya nadie en su sano juicio puede cuestionar que la idiotez  goza de una salud envidiable y está en permanente expansión mal que les pese a algunos darwinistas sociales.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Reich y hombre de confianza de Hitler, era nazi y malo pero de tonto no tenía ni un pelo. Fue él quien dijo que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad y también que la propaganda debía ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que iba dirigida. Continuaba su discurso argumentando que cuanto más grande fuera la masa a convencer más pequeño debía ser el esfuerzo mental a realizar. Sus reflexiones, nacidas en la primera mitad del siglo XX, siguen siendo escalofriantemente válidas en la primera mitad del siglo XXI.

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Hayucos en la toalla

He vuelto de España para encontrarme aquí casi el mismo calor que dejé allá. Hoy hemos rozado los treinta grados en muchos puntos del país, algo chocante incluso para los sureños que estamos en Reino Unido de paso. Que al final del verano todavía se pueda ir a la piscina en Inglaterra es un lujo cada vez más preocupante para los que tenemos cierto apego por nuestro planeta. Lo digo porque cuando yo estudiaba Geografía se decía que las regiones de clima atlántico eran lluviosas y de temperaturas estivales frescas. Muchas variables dentro de la compleja ecuación climática que nos mantiene con vida de milagro parecen haber cambiado últimamente, por eso imagino que los libros de texto escolares estarán siendo actualizados a marchas forzadas, y así los niños podrán conocer la Tierra que les hemos dejado, redonda como una bomba, y con la mecha encendida.

hayucosA los nacidos en las llanuras de Castilla las hayas siempre nos han parecido árboles extraños, gigantes que aguardan en las montañas, pelones en invierno, verdes en primavera y verano y de todos los colores antes de tirar las hojas en otoño. Algunos de los mejores recuerdos de mi época ciclista tienen que ver con los de esta especie. Después de sudar la gota gorda a la solana, retorciéndote en la bici sobre los empinados y pedregosos senderos de la Cantábrica, era un auténtico regalo poder refugiarte en la sombra densa y fría de los hayedos abrazados a lo alto de los collados.

Por eso, por ese cariño antiguo, siempre extiendo la toalla al cobijo de las dos hayas gemelas e imponentes que han hecho de la piscina municipal de Peterborough su casa -en Inglaterra no es necesario trepar a las cumbres para encontrase con ellas-. La pareja me cayó bien desde el primer momento: como no dejan pasar ni un solo rayo de sol mantienen alejados a los amantes de las radiaciones, que son todos los piscineros, y de esa manera evito las odiosas luchas territoriales con el resto de la concurrencia.

El otro día, al salir del agua y volver a mi refugio sombrío para apoyar la espalda en uno de los dos troncos enormes, me di cuenta de que un hayuco había aterrizado en la toalla, justo en la esquina, tímidamente, intentando no molestar. Después descubrí muchos más sobre el césped, medio escondidos entre las hojas secas. Al levantar la vista comprobé que aquello no había hecho más que empezar: cientos de ellos estaban en las ramas preparados para caer. Nadie se lo había dicho pero las hayas sabían, incluso en medio del sofocante calor, que había llegado el momento de soltar sus emisarios genéticos antes de plegar velas. Al frente, en el trozo de cielo que no cubrían las copas, también pude ver algunas golondrinas agrupándose nerviosas, esperando recibir en cualquier momento la señal invisible, la orden silenciosa para poner rumbo al sur, donde los días cada vez son más largos.

Es un ciclo infinito, una rueda interminable e incomprensible para todos los que hemos venido al mundo con fecha de caducidad: hayas, golondrinas y humanos. Nada entendemos pero obedecemos lo que nos ha sido dictado. Los seres con raíces, reales o imaginadas, se preparan inmóviles para pasar el invierno, los nacidos con alas las usan para escapar, y algunos de los que no recibimos ese don se las pedimos prestadas a British Airways y también diremos adiós en breve.

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Ríos de cerveza

PBO_DAR mapDe Darlington solo conocí la estación de ferrocarril, victoriana y bonita, como muchas otras en este país. La ciudad parecía tener su gracia pero por cuestiones de agenda simplemente sirvió de punto de partida del viaje por el norte Inglaterra de la semana pasada. Demasiados pueblos, condados, valles y páramos como para agruparlos a todos bajo un título coherente: el único que se me ocurrió lo forman las tres palabras que abren este post aunque soy consciente de que muy ortodoxo no es.

La romántica idea de dormir al raso contando estrellas dejó de seducirme mucho tiempo atrás, y por eso, incluso en expediciones camperas como esta, el viejo Gobo busca entre caminata y caminata las comodidades propias de los núcleos urbanos. Normalmente me las doy de cultureta y digo que de las ciudades me atrae su historia y su arte, pero es mentira, lo que voy buscando ante todo es un colchón para no tener que partirme la espalda sobre una estera tirada en el duro suelo y cantinas para probar lo que come y bebe la peña por esos mundos de Dios.

En fin, para que no se diga, ahí dejo un par de fotografías de dos de los montones de piedra mejor colocados que he visto en mucho tiempo: Richmond Castle, en Richmond, claro, y Bowes Museum en Barnard Castle; con ese nombre los más avispados ya habrán deducido que este último pueblo también tenía su castillo, pero molaba mucho más el palacete hecho museo con su aire de château francés tan chocante allá.

Ya en campo abierto hubo tiempo para conocer un poco de Yorkshire Dales National Park y de North Pennines AONB. Al principio pensaba que los Parques Nacionales eran los que jugaban la Premier League mientras que las Areas of Outstanding Natural Beauty (AONB) hacían las veces de segundonas, sin embargo, según mis últimas averiguaciones, los tiros no van por ahí. Queda claro que no estoy muy puesto en los criterios de definición y gestión de las distintas categorías de espacios naturales en Reino Unido, pero vaya, que tampoco es imprescindible para disfrutar de los paisajes:

Brezos y lagópodos en los páramos, enebros y tejos encaramados en las rocas, serbales entre los prados y ovejas a cada paso, con sus inseparables Border Collie cuidando de ellas. Y ríos, ríos del color de la cerveza tostada por todas partes: River Swale, River Tees… A este último pertenecen las cascadas labradas en la durísima roca ígnea que por aquí llaman whinstone y que podéis ver en las tres primeras fotografías. Seguro que detrás de esa misteriosa tonalidad se esconden razones geológicas o edáficas, razones que en mis tiempos de geógrafo practicante hubiera tratado de desvelar. Ahora ya no, ahora prefiero pensar que es cerveza lo que corre por el fondo de esos valles.

Conocer gente del lugar es ideal a la hora de recorrer mundo: nadie mejor que un aborigen para llegar hasta los rincones a los que jamás llegaría un turista. Te olvidas de los mapas y te dejas llevar sin saber nunca muy bien donde estás. En esas andaba yo, vagando feliz de la mano de mis guías, despreocupado del tiempo y del espacio, cuando un pitido en el interior de mi bolsillo me hizo recordar que tenía móvil y me trajo de vuelta a la realidad. El remitente del SMS era D. José Manuel García-Margallo y Marfil, ni más ni menos: “España contigo: En caso de emergencia consular llama Consulado en Edimburgo (+44) ……….”. No tengo nada claro si torcerse un tobillo, por ejemplo, puede ser considardo una emergencia consular, pero en cualquier caso el escueto mensaje me hizo saber que debíamos de haber cruzado campo a través la frontera con Escocia. Se lo conté al resto de los miembros de la expedición inglesa para presumir: “Mirad, el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de mi país, a pesar estar en funciones y de ser agosto, siempre encuentra tiempo para ocuparse de sus compatriotas allende nuestras fronteras”. Más bien pienso que en el fondo desde el Gobierno están agradecidos a los cientos de miles de españoles emigrados por haber puesto nuestros granitos de arena para reducir las kilométricas listas del paro nacional. Pero esto último no se lo dije a los ingleses.

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El feriante

De entre todas las vidas posibles Joaquín Sabina se sentía especialmente atraído por la del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo y cara de malo. No es exactamente igual, pero pienso que como gambler itinerante que soy podrían llegar a convalidarme mi profesión con la de pirata; por lo que tengo de viajero y ladrón -todos los jugadores lo somos- no debo de estar muy lejos de los corsarios de antaño. El resto de los oficios que recorre la canción me interesan más bien poco: no me veo de legionario en Melilla, ni de banderillero en Cadiz, ni mucho menos de gitanito en Jerez; tampoco de tahúr en Montecarlo, es un sitio demasiado elegante para mí. De la lista solo salvaría al tabernero de Dublín y quizá también al fotógrafo de Playboy. Nada se dice de los feriantes, ni en esa canción ni en ninguna otra parte. A pesar de estar en todas las partes parecen ser invisibles.

Morpheus fue vendido por el miserable de Cypher al agente Smith. Dos de los villanos más grandes que ha dado el cine en toda su historia aparecen juntos solo unos instantes, en la escena del restaurante, negociando los pormenores de la operación. A cambio de la cabeza de su jefe, Cypher el judas le pidió al hombre de negro ser enchufado de nuevo en Matrix como alguien rico e importante, como un actor famoso creo recordar que dijo.

FerianteDespués de tanto tiempo fuera de Matrix yo ya no estoy seguro de si podría volver algún día, pero por si acaso, por si alguna vez apareciera una puerta abierta, de cuando en cuando me alejo del poker para ponerme en el pellejo de los hombres que me gustaría ser si regresara. Nunca me han seducido el dinero y la fama, no van por ahí los tiros, estoy probando cosas muy distintas en realidad: este fin de semana he sido feriante. Tiene que molar mucho recorrer el mundo de pueblo en pueblo actuando para la concurrencia, divirtiendo al personal con tu música, vendiendo artesanía, comida tradicional, cerveza o turismo ornitológico.

Alguna vez ya he llorado en este blog por lo solitario del trabajo de quien pasa sus días pegado al ordenata sin más compañero de oficina que el ratón. La vida del feriante es todo lo contrario, siempre rodeado de gente. Ha sido una dosis pequeña pero suficiente para confirmar lo que intuía: no me importaría vivir esa vida.

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El barbero pakistaní

Ya tenía un pie y medio dentro de la peluquería cuando la lista de precios del tablón interior, borrosa desde la entrada a ojos de un cegato, empezó a cobrar nitidez. Necesité medio pasito más para descubrir con horror que el corte de pelo en ese templo de la estética me iba a salir por un pico,  por £29,50 concretamente. En aquel punto debí de quedarme paralizado una décima de segundo y acto seguido me marqué un moonwalk que hubiera dejado boquiabierto al mismísimo Michael Jackson resucitado: salí por donde había entrado con estilo, deslizando mis pies hacia atrás pero sin dejar de mirar al frente. Con todos los ojos del local clavados en mí, lógicamente. Por eso siempre digo que la miopía y la discreción resultan incompatibles demasiadas veces.

Ya en la calle me fui torturando un buen rato, llamándome bobo a cada paso por no haber visto antes de entrar que ese sitio era demasiado elegante para un microlimitero como yo. Necesité una pinta de Abbot antes de hacer las paces conmigo por la vergonzosa estampida que acababa de protagonizar. La cerveza siempre ayuda en estos casos, me decía justo lo que yo quería escuchar: que había hecho lo correcto, que habría sido un sinsentido invertir ese dineral en un tío tan feo como yo solo por no quedar mal delante de la gente, que además en un día tan ventoso el peinado habría durado lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio, y cosas así.

MelenasUno le es tan fiel a la peluquera de su barrio como lo son los casados a sus mujeres. Yo lo he sido en todo este tiempo. Bueno, prácticamente, pero bien se pueden perdonar tres canas al aire en cuatro años de exilio laboral ¿no? La primera vez fue en Porto, en una peluquería de la calle en que vivía. Allí, en diciembre de 2013, dejé mis melenas de juventud (algunos mechones los podéis ver en la imagen de archivo que acompaña a estas líneas). La segunda vez fue en Pretoria, en un sitio también muy estiloso, casi tanto como el salón de belleza del centro de Peterborough del que acababa de escapar.

Ayer se consumó la tercera. El medio litro de cerveza me hizo pensar con claridad y comprender que lo que yo estaba buscando no lo iba a encontrar en el centro, entre  las tiendas caras y la beauty people. Caminando por Eastfield Road acabé dando con el sitio preciso: por £7 el barbero pakistaní necesitó solo veinte minutos para darme el look exacto para la ocasión. El asunto que me ha surgido este fin de semana requería ciertos cambio de imagen, pedía un look poligonero, de feriante para ser exactos.

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Ely

Pbo_Ely mapTodos los que llevamos algún tiempo por aquí sabemos que es mejor sentarse en el lado derecho del tren que va de Peterborough al aeropuerto de Stansted. ¿La razón? De esa manera puede verse, a medio camino más o menos, la imponente silueta de la catedral de Ely recortando el machaconamente plano horizonte de todo el trayecto. “The ship of the Fens“, así es como la conocen por aquí, y sí que lo parece, se diría que es un barco sobre el único punto destacado entre el mar de lagunas.

Que me perdonen los vecinos de los demás pueblos pero Ely es, de largo, el hito más interesante de todo el camino. Lo es desde la ventanilla del tren y mucho más cuando pones el pie en tierra y recorres el centro histórico de la pequeña ciudad. El otro día estuvimos por allí.

“The Octagon”, la torre octogonal que remata el crucero, vino a reemplazar a la que se derrumbó en 1322 y es considerada un prodigio de arquitectura medieval. Lo cierto es que cuando estás ahí debajo no puedes dejar de mirar hacia arriba preguntándote, mientras te crujen las cervicales, cómo sería posible que hicieran algo así hace setecientos años.

Ely4De vuelta a la estación, ya con el espíritu más elevado, es recomendable ir sin prisa y caminar a lo largo del río. Siempre me había preguntado cómo sería por dentro uno de esos barcos largos y estrechos, y esta vez la casualidad quiso que la patrona de uno de ellos estuviera tomando el sol en la proa. Solo nos dejó asomar un poco la nariz pero fue suficiente para comprobar que por dentro son más grandes de lo que parecen y que están muy bien equipados. Tiene que molar ir recorriendo el país por sus caminos de agua. Quizá en otra vida.

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Sí, tiene usted razón

En mala hora se me ocurrió decirle que yo lo tenía como oficio. En el tiempo que tardó en llegar el autobús desde mi barrio al centro debió de caerme encima del orden de una docena de consejos no pedidos. En España los abuelos le pegan al tute y las abuelas al cinquillo, el Hold’em llegó hace cuatro días como quien dice y es lógico que al sur de los Pirineos no haya octogenarios expertos en la materia con tiempo libre infinito y ganas de asesorar for free. En Inglaterra sí que los hay, puedo dar fe de ello.

En este país el poker en todas sus modalidades tiene mucho recorrido y eso se nota en la media de edad de los aficionados. Juraría que en las timbas del The Ploughman, un pub de Werrington por el que alguna vez me he dejado caer, yo soy el más joven; con eso ya os lo he dicho todo. Aquí el buy-in es de £5, si quieres, y si no también te puedes sentar y participar de balde, sin optar a premios, claro; buen rollito. El primer día que pasé por allí y decidí jugarme los cuartos Phyll me dijo que tenía alma de jugador; no le faltaba razón. A sus casi noventa tacos ella es también una entrañable soul gambler, por eso nos caemos tan bien.

PorretasPero el viejo del bus de entrañable no tenía nada, era más bien cansino y me dio una vara del catorce. ¿Qué podía hacer aparte de darle la razón? Sentado junto a la ventana no tenía escapatoria. Y al tercer “You are right” me vinieron a las mientes los “Sí, tiene usted razón” que el sufrido currante de la construcción le iba concediendo al abuelo que fue pica’or.

Nunca fueron unos superventas precisamente pero Porretas forman parte de la banda sonora de mis años mozos y no puedo evitar tenerles cariño. Si alguno está paseando por Peterborough a estas horas y escucha rock de Hortaleza saliendo por una ventana abierta ya sabe cual es mi casa.

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