Ni las gracias

Conocí a un negro chungo en Durban, de esos que montaban guardia rifle en mano por las esquinas de aquella ciudad sudafricana. Y en él estaba pensando la otra mañana mientras me zampaba el tercer y último donette que hacía las veces de desayuno en la desabastecida cocina de mi piso pucelano. Todos los mercenarios tienen su precio y aquel tipo de piños de oro no iba a ser diferente a los demás: fijo que por unos cuantos billetes se encargaba de la vecina okupa. No sería barato, es más, seguro que el collar saldría mucho más caro que el galgo, pero por fin me libraría de ella.

Liquidé el vaso de leche, cerré la puerta de casa detrás de mí y con los colmillos afilados bajé las escaleras que dan al sótano. Intentando adivinar lo que iba a encontrar al otro lado, tomé aire unos segundos antes de comenzar a empujar despacio el portón metálico de acceso al primer sótano.

Ni rastro del Chevrolet. Ni tampoco una triste nota que respondiera a la mía, quizá unas líneas de agradecimiento por todos estos meses de estacionamiento free of charge. Debió de pensar que con esas gotitas de aceite en el suelo el altruista propietario de la plaza ya debía de darse por pagado.

No soy especialmente inteligente pero para algunas cosas tengo retentiva de elefante. Los números de las matrículas de los coches, por ejemplo, se me quedan grabados a fuego, sobre todo cuando me han dado motivos para no olvidar. Probablemente sea lo que llaman la memoria de los tontos -no sé si alguien de aquí ha visto Rain Man-. El caso es que algún día nos encontraremos, en alguna de mis idas y venidas volveré a ver ese coche y a su dueña dentro de él, y entonces tendremos esa conversación pendiente.

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Si será jeta la tía

En realidad no conozco el género del okupa, si escribí «tía» y no «tío» fue movido por las femeninas florecillas que adornan la luna trasera del coche…, del coche que lleva aparcado en mi plaza de garaje ni sé ya el tiempo. Antaño, en época de vacas gordas, allí vivía un Golf, el mío, ingeniería alemana que la crisis se llevó dejando telarañas en su lugar. Tenía grandes planes para ese pequeño rectángulo de hormigón. Un día regresaría de nuevo a mi patria chica, motorizado y triunfante, lo sabía, era cuestión de unos años más. Pero según parece aquella plaza temporalmente vacante no estaba destinada a esperar por su legítimo dueño.

La primera vez que vi al intruso fue a finales de abril, antes de volar para Chile. En aquella ocasión salía con prisa del sótano y no le di más importancia al asunto. Bien pensado que es uno por naturaleza, simplemente recuerdo haberme preguntado a mí mismo: ¿Quién me habrá regalado un Chevrolet?

Cuando se pasa por casa de ciento en viento siempre aparece alguna cosa rota. Y esta vez le tocó el turno a la cerradura del buzón. Nada serio, pero tuve que ir al trastero a buscar un destornillador. Eso ocurrió anteayer, y allí abajo todo seguía igual, me refiero a que por el rabillo del ojo pude ver el mismo coche estacionado en idéntico sitio. Después de tanto tiempo me extrañó que nadie se hubiese puesto en contacto conmigo para entregarme las llaves de aquel obsequio de cien caballos largos. Entonces, si mi mala estrella no había querido que ese carrazo fuese para mí, quizá simplemente se tratara de una equivocación. Eso pensé en un primer momento porque en el fondo todas las plazas de garaje se parecen mucho ¿no? Pues no. Aparcar en el lugar erróneo tantos meses seguidos es demasiado, nadie hay tan torpe como para meter la pata sin descanso. El espíritu de fraggle que normalmente me acompaña abandonó este cuerpo y sombríos pensamientos nublaron mi templanza natural… y alumbraron la nota que sigue.

En todos estos años he tenido oportunidad de conocer sinvergüenzas en muchos países aunque me atrevería a decir que su densidad es significativamente más alta en España. Puedo estar equivocado pero se me hace raro pensar que algo así pudiera suceder en el barrio de la ciudad inglesa en la que vivo.

Esta entrada promete una segunda parte con el desenlace cuando la interfecta se ponga en contacto conmigo. Hasta ahora no lo ha hecho y en este punto no sé exactamente por dónde tirar, sin embargo debo decir que las hipótesis de trabajo en mente rozan la línea de la legalidad y lo hacen por la parte de fuera. Seguiremos informando.

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Cash

Uno no es consciente de lo que abultan varios miles de libras hasta que no se los mete en los bolsillos del pantalón. La otra madrugada en Stansted este menda que suscribe habría eclipsado al mismísimo negro del Whatsapp, aquel superdotado que lo petó hace un par de navidades. El mío era un paquete de papel moneda, tan perecedero como la carroza que el hada madrina regaló a Cenicienta, pero aquella noche la misma magia capaz de hechizar a una humilde calabaza se apoderó de mí y su impulso me envalentonó. Borracho de libras hubiera sido capaz de hacer sombra incluso a un sujeto que, según cuentan, gasta un mango del tamaño del fémur de un jugador de baloncesto.

Recuerdo haber dejado escrito por aquí que los billetes de £50 son excepcionalmente raros en el día a día del país. Y el siguiente en la lista es el modesto moradito de £20. No hace falta ser matemático para caer en la cuenta de que juntar miles en billetes de a veinte demanda volumen. Eso es porque la libra esterlina y las demás divisas de su época tienen la inocencia y la humildad de lo antiguo, nada que ver desde luego con el euro, nacido con este siglo y cuyas denominaciones más altas parecen haber sido específicamente diseñadas para delinquir. Si uno googlea un poco enseguida se topa con fotografías de montones de euros en billetes grandes acompañando a fardos de cocaína y a rifles de asalto y explosivos.

Los jugadores de poker no somos ni traficantes de drogas ni de armas aunque a veces lleguemos a casa con pasta gansa. Forma parte de nuestro trabajo, igual que las manchas de pintura en el mono de un pintor.

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Lentejas después de correr

Con chorizo para más señas. Si hablamos de correr la motivación se oculta en sitios insospechados, y yo he encontrado la mía en la lenteja pardina, una variedad típicamente terracampina que, modestia aparte, les da mil vueltas a todas las demás. En esos mundos de Dios no es fácil hacerse con ellas y por eso viajan siempre conmigo en la maleta. El queso curado de oveja, también del terruño, es mi otra debilidad y cualquier segurata del aeropuerto de Barajas os lo podría confirmar porque en todos estos años no ha habido ni una sola vez que no haya tenido que sacarlo de la mochila para disipar las dudas -por lo visto el queso de mi pueblo no debe ser tan diferente a determinados explosivos plásticos a ojos de un escáner-.

Cerca de media hora me lleva completar la distancia que separa Stanground de Hampton siguiendo la vía verde conocida por aquí como Green Wheel. Después hay que volver, así que en total necesito invertir entre cincuenta y cincuenta y cinco minutos. Justo el tiempo que las pardinas piden para estar listas en la hermosa cazuela de hierro fundido esmaltada en naranja, pieza estrella de mi cocina inglesa. Dejo las lentejas al fuego y acto seguido salgo pitando para correr los diez kilómetros antes de que se quemen. Ese es mi modus operandi. Si en el menú hay garbanzos el margen se amplia hasta los veinte o veinticinco kilómetros. Y cuando toca pasta… pues no da tiempo a trotar nada, la verdad. Reconozco que sería una buena ocasión para machacarse haciendo abdominales en ese rato muerto, aunque en lugar de torturarme normalmente salgo al patio con Chikis y nos tomamos un Ribera. Y ya está, os acabo de resumir en un párrafo mi metodología de entrenamiento. Soy consciente de su falta de ortodoxia y sé que no me va a convertir en un atleta de élite de barrio, de esos que alardean en la esfera virtual, pero ¿quién quiere eso?

Los que no compartimos en las redes sociales nuestras gestas deportivas somos cuatro gatos, pertenecientes mayoritariamente a la generación que se pasó sus años mozos rebobinando con Bic. Con buen criterio ahorramos al resto de la humanidad la lectura de posts sin sustancia -¿qué utilidad tendría para nuestros semejantes ver publicados los registros mierdosos de un puñado  de amateurs?-, y preferimos buscar la motivación en el plato de legumbres que nos espera a la vuelta o en la cerveza de después con los colegas. Ayer tuve ocasión de intercambiar impresiones sobre esto por Skype con una amiga a la que doblo la edad y la conversación sirvió para abrir un poco más la brecha que irremediablemente va separándome de los más jóvenes. Hablando un poco de todo me contó que no iba a bautizar a su hijo recién nacido porque prefería que fuera él quien tomara esa decisión siendo adulto. Sin embargo, por razones que a los puretas ya se nos escapan, esa misma joven mamá, celosa guardiana de la libertad y privacidad de su hijito, empapela día tras día el muro de su perfil de Facebook con fotos y vídeos del bebé dormido en la cuna, bañándose o tomando el biberón.

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En algún lugar

Dejando a un lado las simiadas del hijo de Julio Iglesias y similares es difícil encontrar una canción en castellano que supere los cien millones de visualizaciones en YouTube. Yo diría que esta de Duncan Dhu es una de las poquísimas. Añade más mérito al logro el hecho de que el tema pertenezca a un álbum publicado en 1987, es decir, mucho antes de que internet comenzara a extender sus tentáculos de fibra óptica por todo el planeta. Las decenas de miles de likes que acumula me reconcilian con el género humano.

En algún lugar de los de San Sebastián viaja conmigo desde el primer día que la escuché cuando era un crío. No está siempre a mi lado en realidad, pero sé que puedo contar con ella cuando la necesito, como si fuera un viejo amigo. Otras veces se presenta sin avisar, y la última vez que eso sucedió fue en algún lugar de Bolivia, caminando hacia ninguna parte por esa vía de ferrocarril abandonada.

Justo un poco antes de tomar la fotografía me había cruzado con un chaval revolviendo en la chatarra dentro de lo que pareceía un cementerio de trenes. “¿No deberías estar en la escuela?”, le solté de frente -uno cae en la cuenta de lo viejo que se está haciendo cuando se cree con derecho a interrogar a la muchachada de esa manera-. Pero lo cierto es que el rapaz, listo como un conejo, no se sintió ofendido, al contrario, me contestó muy amablemente y estuvimos hablando un buen rato, el suficiente para confirmar lo que suponía: mandarlo al colegio era un lujo que su familia no se podía permitir.

Estoy muy lejos de escribir como Vargas Llosa y si pretendiera poner sobre el papel lo que intento expresar lo convertiría automáticamente en mierda. No voy a dejar que eso pase, prefiero remitirme a lo que dejó dicho Diego Vasallo, algo que he tenido ocasión de comprobar demasiadas veces en las vueltas que llevo dadas: “Cada día están muriendo genios en las sombras, genios a los que nadie dio la oportunidad de descubrir su magia”.

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Pesadillas laborales

Cada uno tendrá las suyas imagino, y yo, como no soy nada original ni en eso ni en ninguna otra cosa, pues también. No sé las vuestras pero las mías han ido variando con los años y la peor de todas la tuve al empezar mi andadura de currito con veintidós inocentes primaveras. Y fue la peor porque no se trató de un mal sueño, resultó ser una pesadilla de las que se viven con los ojos abiertos, un tajo infernal, machaconamente repetitivo y con un ogro por jefe del que escapé en cuanto pude. Doce meses de almanaque me costó salir de allí, sin embargo desde entonces hasta hoy mentiría si no dijera que he sido un tipo afortunado: siempre pude elegir el curro que me gustaba, y cuando las cosas se ponían feas echaba mano de mi habilidad innata para dar saltos mortales y caer de pie en la oficina siguiente.

Fue la precarización del empleo que la última gran crisis trajo bajo el brazo hace ya una década la que abonó el terreno para los sueños lúgubres. Sí, ya sé, acabo de decir que mis trabajos no estuvieron nada mal a excepción del primero, y es cierto en lo que respecta a buen ambiente y realización profesional, pero nunca dije que fueran estables. Y no lo dije porque nunca lo fueron. Cuando uno está en esas, haciendo equilibrios sobre la cuerda floja sin saber siquiera si al mes siguiente va a llegar la nómina, es inevitable despertarse de vez en cuando en mitad de la noche pensando en algún plan B por si todo se va al carajo.

Entre esos planes B los había mejores y peores, aunque en los días de bajonazo ninguno parecía servir y era entonces cuando este menda se veía convertido en camarero de Johnny Rockets. No ha sido fácil confesar esto pero ya está, ya lo he dicho. Lehman Brothers se declara en quiebra al otro lado del charco y esa pesadilla laboral aterriza en España para dormir conmigo. ¿Quién entiende eso? Debió ser por entonces cuando dejé de tomarme a broma todo aquel rollo del efecto mariposa en la teoría del caos.

Johnny Rockets -por si alguno no sabe de qué estoy hablando- es una franquicia gringa de restaurantes que mantienen una estética cincuentera. Una jukebox como la de la fotografía no suele faltar, ni tampoco una legión de camareros uniformados obligados a bailar por contrato para la clientela cada media hora. Supongo que incluso resultará hasta divertido para alguien con acné juvenil pero yo sinceramente no me veo en el papel.

El hombre disfrazado de Bugs Bunny se acercó hasta la mesa en la que yo estaba, la de la esquina, justo al lado de la gramola del Johnny Rockets del aeropuerto de Santiago. Aunque pensaba exactamente lo mismo que yo -o quizá por eso mismo- no dijo ni una palabra y se limitó a acompañarme solidariamente la otra tarde mientras escribía esta entrada del tirón, a contrarreloj, aprovechando los pocos minutos libres antes de la llamada para embarcar rumbo a Londres.

Eso pasó anteayer y hoy ya estoy con Chikis, intercambiando impresiones sobre las cosas que tiene uno que hacer si quiere ganarse el pan. Ella nació para cuidar ovejas en el norte de Inglaterra pero finalmente desarrolló su carrera profesional como perro guardián cerca de Cambridge. Y allí fue donde los dos coincidimos. Vueltas que da la vida. A mi vera está ahora, ya jubilada y escuchando hablar a un tipo que se formó como geógrafo y acabó siendo tahúr. Un tahúr con pánico a terminar bailando en Johnny Rockets por el salario mínimo.

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La piedad

Algunas entradas se escriben solas y otras parece que no terminaran de escribirse nunca. Esta pertenece a ese último grupo. Con el tiempo -de años estoy hablando- se han ido agolpando las líneas en mi cabeza y finalmente hoy decidí tirarlas todas por aquí, no porque estuviese muy convencido de la utilidad de estamparlas en un papel, sino simplemente para que no siguieran molestándome. En contra de lo que muchos piensan no se deja algo escrito para recordarlo. Funciona exactamente al contrario.

Después de cinco millones de manos paré de contar. Deben ser unas cuantas en total, así que no me considero precisamente un recién llegado al mundo del poker. Nunca he estado entre los buenos pero después de tantos años sí he logrado ingresar por derecho propio en el club de los veteranos. No tiene mayor trascendencia el asunto, lo señalo simplemente porque pienso que la veteranía en cualquier oficio es relevante a la hora de formar opinión, y me parece que no está de más recordar ese punto antes de decir lo que voy a decir.

En este tiempo he tenido oportunidad de leer un poco de todo en los chats de las mil salas en las que he jugado, casi siempre intercambios de impresiones entre los habituales del lugar, a veces en tono cordial y otras de forma algo más acalorada. Podría llenar páginas solo con eso y os echaríais unas risas leyendo todas las cosas que alguna vez nos han llamado a mi madre y a mí. La peña se exprime el magín a base de bien cuando de insultar se trata, y sí, reconozco que yo también he tenido mis momentos. En fin, lo normal supongo, nada que no pueda escucharse en un atasco de tráfico, por ejemplo.

Pero si fueramos a hablar de insultos entre colegas habría elegido otro título para la entrada. Lo cierto es que una parte de las líneas que pueblan los chats de las mesas no tienen que ver con los puñetazos verbales entre jugadores profesionales, a veces se leen comentarios patéticos de gente que ha perdido un dinero que nunca debía haber puesto en juego. Este negocio tiene algunas aristas oscuras y esa es una de ellas. Entre los míos hay división de opiniones al respecto: hay quienes piensan que las reglas son las mismas para todos -completamente cierto- y quienes creen que se trata de una pelea desigual e injusta pero inherente al poker profesional y por lo tanto necesaria para su continuidad -completamente cierto también-. No pretendo establecer ningún tipo de comparación, pero a veces las asociaciones de ideas son misteriosas y acabo de recordar la respuesta que dio a los medios un tipo que vendía acciones preferentes de Caja Madrid a pensionistas: “Yo no he estafado a nadie, todo estaba en el contrato”. Rigurosamente cierto una vez más, aunque le faltó decir que las diez páginas del documento estaban redactadas en Arial 8 y que quizá una persona de ochenta años sin formación financiera pudiera no estar capacitada para valorar el alto riesgo asumido.

La piedad es imposible en el poker. No soy ningún hipócrita, sé exactamente lo que estoy haciendo, sé por qué lo hago y cuáles son sus consecuencias, es solo que no dejo de plantearme otros caminos posibles.

If I could start again
a million miles away
I would keep myself
I would find a way

La canción original es de Trent Reznor y esta versión magistral la firma Johnny Cash

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