A los pies del Misti

Cuando uno comienza un viaje sin rumbo establecido se puede acabar en cualquier parte, y yo acabé a los pies del volcán Misti. De Arica a Tacna hay un tiro de piedra pero esa piedra debe de cruzar una frontera y eso complica los trámites y alarga los tiempos. Hace un suspiro nada más ambas ciudades eran peruanas pero ahora solamente lo es la segunda; cosas de las guerras. Fue precisamente en Tacna, capital de la provincia más meridional del actual Perú, donde hice girar la flecha y después de dar unas cuantas vueltas terminó apuntando al noroeste. Manteniendo esa dirección cerca de cuatrocientos kilómetros se llega por carretera a la segunda ciudad más importante del país, a la ciudad en la que alguna vez, en un pasado no tan lejano, se emitieron pasaportes con el título de “República Independiente” y donde entonces y ahora siguen dando la bienvenida al visitante los volcanes Chachani y Pichu Pichu. Y el Misti, claro.

No está dentro de las normas de la casa el ir escribiendo sobre la marcha pero esta vez he decido hacerlo porque si no se iba a juntar demasiado material a mi vuelta a Chile: definitivamente quince días son demasiados y además nunca he tenido muy buena memoria. Así que, mientras vaya encontrando ordenatas y conexiones a Internet, intentaré ir manteniendo esto actualizado. De esta forma podré ir contando las cosas tal y como van pasando en lugar de tener que inventármelas dos semanas después, que eso siempre da más trabajo.

Nada más sacar la fotografía de la izquierda un tipo se acercó para decirme que la torre de la catedral que tenía enfrente tuvo que ser reconstruida porque el terremoto de 2001 la tumbó, fue uno de los gordos según me contó, 8.4 de magnitud para ser exactos. Eso me estuvo explicando el hombre, un pensionista con todo el tiempo libre del mundo para asesorar a los viajeros descarriados. Después de responderle de dónde era yo y a qué me dedicaba -esto último llevó más rato del que os podéis imaginar- me sugirió que subiera hasta el campanario para poder dominar la parte noble de una ciudad cuyo centro histórico había sido declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad. Al abuelo se le veía tan bien informado que obedecí sin más, y al tejado me fui con las palomas.

La Plaza de Armas se ve muchísimo más tranquila desde las alturas que a pie de obra, las voces de los vendedores y el jaleo del tráfico de las calles adyacentes llega en forma de una especie de rumor que hasta resulta agradable al oído, y además, cuando extiendes la vista desde allá arriba hacia el horizonte puedes alcanzar a ver el río Chili, su vega y las terrazas que lo flanquean. Bueno, en realidad esto no es posible para el común de los mortales, está reservado solamente a ojos de halcón, el resto debemos de conformarnos con posar la mirada sobre las cuadras cercanas y así viajar gratis, que no es poco, a la época colonial, con sus barrocos mestizos y añiles salpicándolo todo. Por si alguno no llegara a subirse nunca a esta atalaya con campanas aquí dejo unas fotografías.

La penúltima vez que el Misti se desperezó fue a mediados del siglo XV, y el gran volcán no pudo ver entonces ninguna de las piedras que aparecen en las imágenes. Los españoles con sus casonas señoriales, sus monasterios y conventos y su manera de hacer ciudad tardarían todavía cien años más en llegar. Con ellos vendría el sobrenombre de “Ciudad Blanca” -y yo pensando que mi Mérida yucateca era la única así apodada-, puede que por el tono de piel de los invasores o, más probablemente, por el color níveo de la roca volcánica en la que se labraban los sillares empleados en las edificaciones notables.

El último gran terremoto además de hacer tambalearse a la catedral ha despertado de su larga siesta al volcán Misti, y dicen los vulcanólogos que no está de muy buen humor. Quizá no le haya gustado lo que han construido en sus faldas.

En Arequipa, a 21 de junio de 2017

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De Arica a Lima

Lo que aprendí de los incas lo escuché por el norte de Chile, en el viaje que me llevó a comienzos de año hasta San Pedro de Atacama. Y debí de quedarme con ganas de más porque desde entonces siempre que cruzo por el pasillo de las bebidas del supermercado me quedo mirando a las de la foto. Inca Kola es el refresco nacional de Perú aunque es relativamente fácil de encontrar también en Santiago y otras partes de América Latina. No estoy muy seguro de si se comercializa en España, yo al menos nunca lo he visto por allá, pero si alguno se pregunta a qué sabe puede imaginarse un chicle licuado extremadamente dulce para hacerse una idea. El otro día estuve ojeando por curiosidad los ingredientes de la etiqueta y no descubrí gran cosa, así que no puedo ser más específico respecto a su sabor. De lo que me vine a enterar buscando la fórmula secreta en la letra pequeña es de que la todopoderosa Coca-Cola había metido allí también sus narices. En fin, por algo dicen los tiburones de Wall Street que competir es de perdedores, que donde esté un buen monopolio ya puede quitarse todo lo demás.

La primera vez que probé la Inca Kola fue en un restaurante peruano de por aquí, en Las Condes, y reconozco que no me entusiasmó. Pero, dejando la dulzona bebida a un lado, todo lo demás estaba buenísimo. Después de esa toma de contacto con la gastronomía peruana el año pasado vinieron muchas más, siempre sin salir de Chile, y definitivamente se come de diez. Si eso lo dijera un alemán, por ejemplo, no significaría gran cosa, pero dicho por un español la cosa cambia porque nosotros tenemos el listón muy alto, modestia aparte.

Llegar al corazón del Imperio incaico, saludar en su casa a la Inca Kola, conocer de primera mano una de las mejores cocinas del mundo… Ya eran demasiadas tareas las que se iban acumulando, y sí, eso significa que salgo para Perú dentro de un rato. El origen y el destino del viaje lo dice el título de esta entrada y nada más hay planeado, básicamente la idea es recorrer la mitad meridional del país de sur a norte entrando desde Arica a Tacna hasta llegar a la capital, Lima. Os diría los lugares por los que me gustaría pasar pero seguro que al final acaban siendo otros. Mejor os lo cuento a la vuelta.

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La silla que vino a mí

Van a ser muchas entradas seguidas, me doy cuenta, pero las cosas que le inspiran a uno suceden cuando tienen que suceder y no cuando uno quiere que pasen. Y es que no todos los días llueven sillas del cielo en Santiago. En la imagen está la que pude trincar yo, obviamente es una fotografía callejera pero no he ido a por ella a un contenedor -aunque no estoy precisamente montado en el dólar de momento voy aguantando el tirón-. No cayó de las nubes en realidad, es el regalo de una amiga que trabaja en una corporación financiera de esas donde se inventa el dinero, y como a ellos parece que les sobra pues periódicamente se deshacen del viejo mobiliario para seguir estando a la última. En ese punto los empleados heredan las estanterías, mesas y sillas desahuciadas; y esta de rebote me tocó a mí. La foto en cuestión la tiré esta mañana, para dejar constancia gráfica del traslado, en un jardincito a medio camino entre Sanhattan -así es como llaman con sorna al centro de negocios santiaguino- y mi casa. Sé de buena tinta que el culo que calentó esa silla perteneció a un mago de las finanzas, a un auténtico crack del trading, así que, como dicen que todo se contagia menos la hermosura, muy mal se me tenía que dar para no forrarme yo también de aquí en adelante.

Los de nuestra especie tenemos una capacidad ilimitada para tratar de justificar que las cosas pasan por el algo y que al final cada uno tiene lo que se merece. Las religiones primero y las producciones de Hollywood después se han encargado de que el mensaje vaya calando como la lluvia fina, y por eso todo el mundo espera un final feliz para los buenos y el justo castigo para los malos. Sin embargo, cuando uno viaja y vive lo suficiente descubre que la realidad no es muy amiga de respetar el guión.

Y hoy, justo cuando se cumplen cuatro años desde que empecé a dejar países atrás, repartiendo por el ancho mundo mobiliario de oficina, monitores y demás cachivaches informáticos, el karma me ha enviado una reluciente silla para cerrarme la bocaza y recordarme que podría ser cierto aquello de que cada uno recoge lo que siembra.

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Sabañones

Eritema pernio fue exactamente lo que dijo el de la bata blanca, porque a los doctores les gusta escribir difícil y hablar raro para darse importancia y eso. Pero vaya, que son sabañones. Está siendo un trago encajar el golpe, me ha costado juntar fuerzas para escribir que me han ido a salir sabañones en Santiago de Chile y no en los eneros currados en Valladolid, que fueron unos cuantos. Un tío recio como yo, criado en los inviernos duros de Castilla La Vieja antes de que el cambio climático se soltara la melena y convirtiera aquellas mesetas en la antesala del Sahara, ha sido vencido por el frío de la tierra donde Sudamérica termina.

En las últimas semanas se me habían puesto los dedos como morcillas, especialmente los de la mano derecha, ya ni hacer clic en el ratón podía. Y bastantes missclikcs me marco en condiciones normales como para continuar grindando con un índice XXL. Ríete tú de la ruleta rusa. Los ajenos a este mundo deben saber que para un jugador de poker sus dedos son como los mofletes de un trompetista: sagrados. Nuestro pan depende de ellos y hay que cuidarlos, por eso fui al médico con las orejas gachas a escuchar lo que no quería, a oírle decir que el invierno chileno había podido conmigo.

En la cuarta planta de la clínica a la que me envió el seguro estaba esperando un dermatólogo clavadito a George Clooney. No había más pacientes alrededor haciendo cola, solo hilo musical, enfermeras que parecían modelos y personal de administración encantador. Pero la entrada a ese paraíso en la tierra no es fácil de cruzar, primero debes presentar tus respetos al cancerbero que está en el hall del centro médico, y aquí no adopta forma de perro de tres cabezas sino de línea de cajas. Hasta diez pude contar, más de las que tiene el supermercado al que voy todos los días. Es un shock para cualquier europeo contemplar la escena: tarjetas de crédito saliendo de las carteras y pasando por los lectores del mostrador, una detrás de otra; son ellas, las Visa y las Mastercard, las que dan derecho a recibir atención sanitaria. Los especialistas de primer nivel y perfil hollywoodense, las caras sonrientes y el hilo musical relajante no están al alcance de cualquiera, de hecho el acceso es extraordinariamente caro. No he tenido la oportunidad de probar lo que aquí se conoce como sanidad pública, pero por lo que me han contado algunos de sus usuarios y por el aspecto que lucen desde el exterior sus hospitales no parece muy recomendable. Y así debe de ser según los ideólogos del Chile al que alguien bautizó como laboratorio neoliberal en América Latina.

Siempre le doy muchas vueltas al tiempo y a los viajes a través de él, es algo que me deja loco, y hoy de regreso a casa con las recetas en el bolsillo no podía dejar de pensar que quizá Europa no será tan diferente a Chile en un futuro cercano.

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El moái que abrió los ojos

Es probable que todos los abrieran pero, una vez más, no es posible afirmarlo con certeza porque sobre esta cuestión puedes escuchar una cosa y la contraria dependiendo de cuál sea tu experto de cabecera en la materia. Y si no eres fan de ninguno en particular, como yo, la cosa se complica todavía más porque las teorías que desarrollan los distintos especialistas parecen verosímiles sin excepción y todas te convencen. Dicho lo cual ya podéis mentalizaros para tomar con pinzas lo que sigue.

Puede pasar desapercibido en un primer vistazo pero en cuanto se posa la mirada por unos instantes sobre la fotografía enseguida aparece una silueta reconocible. El moái ya estaba ahí, dentro del fuego convertido en piedra muchos miles de años atrás, lo único que hicieron sus escultores fue liberarlo, extraerlo de un cono volcánico en el noreste de la isla bautizado como Rano Raraku por los nativos.

Una vez libres ya sabemos, porque el abuelo rapanui nos lo contó, que caminaban pasito a pasito hasta su lugar de destino. Y por si la odisea de cada moái no fuera ya bastante complicada, por si no fuese suficientemente penoso mover un cuerpo de ese tonelaje en aquellos andurriales, además tenían que hacerlo a ciegas. Solo cuando llegaban a sus plataformas ceremoniales, los ahu, abrían los ojos, unos ojos de coral y obsidiana, almendrados e hipnóticos. A partir de ese momento derramaban su mana sobre sus descendientes. Es por eso por lo que la inmensa mayoría de los moái miran al interior de la isla, justo hacia los lugares donde se encontraban las aldeas cuya protección se les había encomendado.

Los hombres, sus piedras mágicas y sus casas de piedra. Te Pito Kura y Orongo

Y solo unos pocos dirigen su mirada de coral hacia mar, oteando el horizonte en dirección a la tierra de la que vinieron sus padres

Son muchos moái los que pueblan Isla de Pascua, cerca de un millar dicen algunos, y la mayor parte se encuentran en la cantera de Rano Raraku. Los que consiguieron llegar a su destino, los ahu, son casi trescientos, y el resto se dispersan por la isla; quizá equivocaron su camino y agotados de dar vueltas se tumbaron a descansar donde el mana les dio a entender.

El paso de los siglos fue borrando sus rostros, las guerras tribales los derribaron y les despojaron de sus penetrantes ojos, algunos además fueron secuestrados por el codicioso hombre blanco y llevados muy lejos de su tierra natal. Todo este maltrato no ha conseguido impedir sin embargo que el misterioso perfil de los moái forme parte del imaginario colectivo, y hasta pueden presumir de icono propio en Whatsapp. Si alguno tiene hijos o sobrinos, o si lee esto directamente uno de esos hijos o sobrinos, seguro que enseguida relaciona Isla de Pascua con la casa del sufrido compañero de curro de Bob Esponja, el señor Calamardo. Hasta el fondo del mar ha llegado su leyenda.

Esta entrada termina con un punto y seguido. La historia sobre Rapa Nui que os tenía que contar está incompleta, falta un último capítulo y espero poder escribirlo cuando me reúna con uno de los moái miserablemente deportados a los que me refería antes. Ahora mismo nos separan más de diez mil kilómetros pero lo encontraré.

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Rapa Nui

Isla de Pascua es, de todos los lugares que he conocido, el rincón de nuestro planeta en el que resulta más complicado diferenciar los hechos históricos del torrente de mitos que circula en torno a ellos. Pero como alguna vez ya he dicho este blog se escribe desde la esquina contraria a la del rigor, así que, de todo lo que he podido leer antes de este viaje y de los mil cuentos que escuché a los pascuenses cuando estuve allí, simplemente os voy a dejar con lo que más me gustó, que no tiene por qué ser necesariamente lo más cierto.

Hotu Matu’a lideró a su pueblo en un viaje sin retorno por el Pacífico. El punto de partida de aquella expedición pudo estar en alguna de las islas Marquesas y quizá sucediera en el s. XIII aunque distintos autores remontan el advenimiento al s. VIII e incluso al s. IV. Sobre el origen polinésico de los colonos parece existir cierto consenso pero tampoco faltan illuminatis que hablan del planeta Marte. Por qué no. Poco importa eso, fuera cual fuera su antiguo hogar, y fuera cual fuera la fecha del éxodo, lo sorprendente es que aquellos viajeros en sus cáscaras de nuez consiguieron encontrar en medio de la inmensidad del Pacífico un pedacito de tierra emergida exactamente de la misma extensión que el término municipal de mi pueblo. Eso sí que es puntería. Rodeados de todo ese agua, aquel islote debió parecerles el ombligo del mundo y así es como bautizaron a su nueva casa: Te pito o te henua, que en su lengua significa precisamente eso. El nombre de Isla de Pascua llegaría mucho después, en el XVIII, cuando marinos holandeses descubrieron esa isla para Occidente el 5 de abril de 1722, coincidiendo con el día de Pascua de Resurrección. Todavía más tarde, en el XIX, navegantes tahitianos emplearon Rapa Nui para referirse a ella, y por lo visto lo hicieron debido al parecido que encontraron con una de las islas conocidas por ellos y a la que llamaban Rapa Iti, es decir, “Isla Pequeña”. Y ya tenía que ser pequeña  para bautizar su nuevo hallazgo como “Isla Grande”, que es lo que Rapa Nui significa. Actualmente esta es la denominación empleada por los nativos a pesar de su procedencia foránea.

Cuando uno emprende una larga travesía es de sentido común llevar lo necesario para sobrevivir al viaje, además de lo imprescindible para comenzar una nueva vida en la tierra por descubrir. Y en ese kit de supervivencia los dioses también estaban incluidos. Pero imagino que en la soledad de aquella isla los dioses devotamente traídos en el subconsciente colectivo empezaron a resultar cada vez más lejanos con el paso de los años, demasiado distantes para poder echar una mano en caso necesario. Los descendientes de Hotu Matu’a y de los demás pioneros empezaron entonces a depositar su fe en los hombres, en los hermanos que por su valor, ingenio o destreza conseguían destacar entre los demás. Cuando la muerte se los llevaba se negaban a olvidarlos y honraban la memoria de aquellos héroes con enormes esculturas de piedra para que su fuerza se mantuviera con ellos. Buscaban la protección y guía de sus antepasados, y no la de un dios invisible. Y eso es lo que son los moái, una expresión de culto ancestral.

Arriba a la izquierda: Moái en Rano Raraku; arriba a la derecha: Moái en Hanga Roa; abajo a la izquierda: Ahu Tongariki; abajo a la derecha: Ahu Akivi

Esculpían in situ sus moái, justo en el lugar en el que se encontraba la piedra volcánica elegida, pero ese no era su emplazamiento final. El moái tenía que llegar a la aldea de destino y eso podía ser en el otro extremo de la isla. ¿Cómo lo hacían? ¿Cómo podían desplazar esculturas de decenas de toneladas a esas distancias a través de un relieve tan accidentado? Para complicar más el porte muchos antropólogos creen que los moái eran desplazados en posición vertical gracias a un sistema de cuerdas en lugar de tumbados sobre troncos rodantes. Esta última opción sería la más sensata pero teniendo en cuenta que para ellos cada moái era algo sagrado desde el momento de su talla, y por lo mismo que una virgen o un santo no se sacan en procesión de cualquier manera, quizá la teoría de los moái erguidos no ande muy descaminada. Cualquiera sabe, porque el rapanui que me alojó en su casa los días previos a la carrera tenía su propia versión de los hechos: me contó que su abuelo sabía a ciencia cierta que a los moái les salían patitas nada más nacer y caminaban hasta el lugar exacto donde se los esperaba, ni un poco antes ni un poco después. Y eso es lo que yo creo también.

Lamentablemente todo en la vida parece estar condenado a acabar y la bonita y misteriosa historia de los moái tampoco pudo escapar al destino infame que sobrevuela a todos los hombres y a todas las cosas. Una civilización surgida en mitad de ninguna parte sorprendió al mundo por su extraordinario nivel de organización y desarrollo, y sin embargo fue incapaz de prever su propio declive: siglos de incremento sostenido de la población llevaron a una isla de recursos limitados al borde del colapso ecológico. Después vendrían las luchas entre clanes por la supervivencia y un nuevo culto religioso acabó imponiéndose. Los moái serían olvidados.

Desde fuera de la isla nada bueno llegó tampoco en su historia reciente. Los traficantes de esclavos y enfermedades desconocidas hasta entonces como la viruela llevaron a los nativos al borde de la desaparción. El número de habitantes pasó de varios miles a apenas un centenar en la segunda mitad del s. XIX. Afortunadamente el pueblo rapanui no es de los que se deja vencer y contra pronóstico el linaje de Hotu Matu’a consiguió sobrevivir, y con él la tradición oral de una cultura excepcional. Si alguna vez vais por allí os contarán una historia mágica sobre cada rincón de la isla. A mí me las contaron.

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El maratón de Sharon

Cuarenta y dos kilómetros corriendo dan de sí para muchas cosas, pensar entre otras. Si encima eres de los míos, de los que no van deprisa quiero decir, entonces, además de dar a tus ideas todo el tiempo del mundo para ordenarse, sobran horas para contemplar el paisaje y hablar con la concurrencia. A Sharon Kerson yo le dediqué un minuto como todos los demás corredores.

El maratón Rapa Nui parte de Hanga Roa, en el sur de la isla, y después de callejear un rato por la diminuta capital se dirige hacia al norte, hasta la playa de Anakena. Eso suma aproximadamente veintiún kilómetros, después hay que volver, y volviendo fue cuando me crucé con Miss Kerson, más o menos en mi p. k. 30, es decir, en su p. k. 15. Las cuestas no daban tregua, hacía calor, soplaba el viento con ganas, nos acababa de caer un chaparrón tropical y allí seguía la mujer con su trotecillo, una gringa de setenta y cinco años que nunca perdía la sonrisa. No sé cuál habría sido el título de esta entrada si no nos hubiéramos encontrado pero eso ya da lo mismo.

Era una conversación recurrente en mis años de bicicletero. Sudábamos la gota gorda para llegar a lo más alto y cuando estábamos allí, disfrutando de la tan bien ganada vista panorámica, invariablemente llegaba un dominguero con su BMW X3 o similar por esa misma pista de tierra, nos llenaba de polvo, se bajaba del coche, tiraba unas fotos desde el mirador de turno y se largaba. Y allí nos quedábamos nosotros, polvorientos y preguntándonos por qué hacíamos lo que hacíamos, por qué elegíamos siempre la vía difícil. Creo que ya tengo la respuesta.

Un privilegio de los mortales, uno de los pocos, es elegir la manera en la que queremos matarnos. Si no lo hacemos cuando todavía estamos a tiempo el paso de los años se encargará de hacerlo por nosotros, que ninguno tenga la menor duda de eso. Dejé de fumar y de empinar el codo ya ni me acuerdo, salvo rarísimas excepciones no me lleno de hollín los pulmones y soy solo un bebedor social de tercera división, abstemio prácticamente. Sin saberlo debía de llevar tiempo buscando una nueva estrategia suicida y he acabado encontrándola.  Correr un maratón es una agresión brutal contra tu cuerpo, no creo que nadie lo pueda negar: todo lo que alguna vez en la vida te ha dolido acaba volviendo a aparecer por ahí; junto a esos viejos conocidos aparecen además punzadas nuevas, agudos pinchazos en músculos que ni siquiera sabías que existían. Y todo ese sufrimiento lo cambias por algo inmaterial que vale bien poco a ojos del que recorre la isla en su BMW X5 o equivalente para hacerse un selfie ante cada moái y publicarlo en Facebook -cambian los tiempos y las tecnologías pero el modus vivendi de los domingueros es imperecedero-.

Si antes de empezar hubiese tenido que apostar por mí o por el de la foto creo que habría terminado apostando por él. Y sin embargo, contra todo pronóstico, en mi primer maratón la batería de este que os escribe duró más que la de mi reloj. En realidad ni me acordé de que lo llevaba puesto, solamente corrí hasta el final.

Muchas horas después, cuando el océano Pacífico ya se había tragado el sol, Sharon cruzó la línea de meta. Fue la última en llegar, sonriendo como siempre, y se llevó la ovación más fuerte que he escuchado jamás.

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