Lastarria

Cuando dejas atrás la avenida O’Higgins y doblas a la derecha por la calle José Victorino Lastarria de repente las prisas desaparecen, las bocinas del tráfico frenético se amortiguan y los codazos de la gente con prisas ya son solo un mal recuerdo. Lastarria se convirtió enseguida en mi barrio santiaguino favorito y no he dejado de frecuentarlo desde que me lo descubrieron el año pasado. No conozco otro lugar en Santiago donde sea posible cruzarse con tipos subidos en cajas de cerveza recitando poesías que el vino les ha inspirado unos momentos antes. Además de garitos con encanto y buenos restaurantes, aquí hay también libreros de viejo compartiendo las aceras con las caminantes, tiendas de discos, galerías de arte y, en general, culturilla en el ambiente. Desde que dejé Porto no había vuelto a ver chavales leyendo en las terrazas de los bares, algo completamente desusado en estos tiempos de redes sociales plagadas de lerdos. Pequeñas islas urbanas como Ribeira o la bohemia Lastarria parecen ser los últimos bastiones de cordura que la globalización idiota aún no ha devorado.

el-biografoLastarria es, además, el hogar de El Biógrafo, un cine con solera que a cualquier vallisoletano le trae inmediatamente a la memoria al viejo Casablanca. Ahí sigue después de mucho tiempo, proyectando cine de autor y sobreviviendo contra pronóstico en el siglo XXI. Amantes de los blockbusters abstenerse.

Y en el restaurante de la esquina estaba, intercambiando impresiones sobre la peli de Woody Allen que acabábamos de ver y ojeando al mismo tiempo la carta, cuando caí en la cuenta de lo chileno que me había vuelto. Ya no necesitaba diccionario para saber lo que estaba leyendo: “Ensalada de arvejas, zapallo, choclo, palta y betarraga”, “Jugo de frutilla y durazno”…

A estas alturas también soy capaz de colocar cachai y otras muletillas de por aquí con cierta naturalidad, y de decir “manubrio” para referirme al manillar de la bici sin que me dé la risa. Por otro lado, y harto ya de sonrisillas, me he visto obligado a borrar de mi memoria parte del repertorio adquirido en la patria chica, como por ejemplo nuestro inocente verbo “coger”. Y quizá no sea una autoridad en camélidos americanos pero ya puedo distinguir sin problemas una alpaca de una llama y una vicuña de un guanaco. Sobre el cobre, el metal chileno por excelencia, algo he aprendido también. Por el momento no he dado con la manera de rentabilizar todo este patrimonio de conocimientos inútiles en una eventual entrevista de trabajo, pero sí estoy seguro de que voy a ser un carcamal con mucha conversación, un abuelo Cebolleta del que huirán aterrados el resto de los viejunos del asilo.

Todo eso pensaba ayer y hoy estoy a pocas horas de volar de regreso a Europa. Volveré a Chile muy pronto, como os decía ya soy medio chileno, pero hace unas semanas Chikis me dio un telefonazo y hasta la fecha nunca he sido capaz de decirle que no a nada.

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Putas y cobre

En su discurso con motivo de la nacionalización del cobre en 1971, Salvador Allende dijo de él que era el sueldo de Chile. Respecto a lo primero no me consta que el expresidente chileno dejara nada escrito. Pero volviendo al presente, y conforme al criterio del taxista que me recogió en el aeropuerto, el binomio que encabeza esta entrada es lo más destacable en Calama.

La minería del cobre vivió tiempos mejores no hace tanto pero aún hoy sigue siendo un sector estratégico para Chile y vital en regiones como la de Antofagasta, donde los salarios sensiblemente superiores a la media que se pagan en este gremio hacen prosperar las economías locales. Por otro lado en Calama no hay demasiado que ver ni que hacer, de hecho el lema de la ciudad ya lo deja bien clarito para que nadie se llame a engaño: “Tierra de sol y cobre” es lo que reza el escudo municipal. Y eso es exactamente lo que hay: un solazo que achicharra, sin playas cercanas desgraciadamente, y cobre, mucho cobre. Con ese panorama son habituales los turnos 7/7, es decir, siete días trabajados y siete días libres, y similares, para que así los currantes tengan oportunidad de escapar.

Esos mismos ingredientes los encontré en Sudáfrica: dinero fluyendo con alegría, mano de obra esencialmente masculina, ciudades sin gracia desarrolladas a pie de mina… En los alrededores de Johannesburgo el tándem que da título a este post seguiría siendo válido si sustituyéramos el cobre por oro, platino o diamantes, según los casos.

Pero el mismo taxista que me puso en antecedentes del triste escenario que iba a encontrar en Calama tuvo la amabilidad de sugerirme una alternativa para emplear el tiempo muerto hasta la hora de mi vuelo de regreso a Santiago. Y le hice caso.

Chuquicamata es una mina gigantesca a cielo abierto, la más grande del mundo en su género según nos dijeron, y es administrada por la Corporación Nacional del Cobre de Chile (Codelco). Es precisamente Codelco la encargada de gestionar las visitas guiadas a la mina y para ello habilitan una web y línea telefónica en las que efectuar las reservas con antelación. Yo me enteré tarde del procedimiento -eso me pasa mucho-, pero como soy un suertudo pude colarme igualmente. Ahí van un par de fotos.

Quizá en la fotografía no lo parezca aunque os puedo asegurar que el cráter abierto a lo largo de casi un siglo de labores mineras es descomunal. Tiene una profundidad que ya excedió el kilómetro y, vistas desde el borde, las máquinas que trabajan en el fondo parecen hormiguitas. Solo cuando los camiones que ascienden lentamente pasan a tu altura te das cuenta de su tamaño. No tenía ningún japonés a mano si no le hubiera pedido que se pusiera al lado para dar idea de la escala. La cabeza del japo en cuestión ni siquiera se habría acercado al eje de unas ruedas que tienen cuatro metros de diámetro. Los de la imagen son Komatsu, de fabricación nipona, y no os digo su precio porque no os lo creeríais.

Cada uno de ellos carga cientos de toneladas -hasta casi cuatrocientas los más grandes creo recordar- y su destino son las plantas de chancado. Se inicia así un proceso del que se obtendrá cobre refinado y otros metales, equivalente únicamente al 0,8% del volumen de roca extraída; esa es la ley de este yacimiento, así que ya os podéis hacer idea de las montones de estériles que es necesario acumular. De acuerdo con sus propietarios este sistema de explotación a rajo abierto -así lo llaman por aquí- dejará de ser rentable en la próxima década y por ello se ha proyectado su transformación en una mina subterránea.

chuquicamata3Y otro campamento minero abandonado más, el de Chuquicamata. Fue fundado en 1915 y en sus mejores tiempos llegó a albergar hasta veinticinco mil habitantes. Sin embargo el crecimiento de la explotación extractiva y los problemas de salubridad asociados aconsejaron el realojo de sus vecinos. Eso pasó hace diez años y ahora es otro poblado fantasma más.

Pinocho sigue sonriendo tozudo en la plaza del pueblo aunque ya hace mucho tiempo que los niños no juegan a su alrededor. Cierran el horizonte las montañas de escombros, amenazando con engullir las casas vacías.

Y de allí salí con esta entradilla escrita en la cabeza tal y como la habéis leído. Sin embargo sobre el título tenía mis dudas y le pedí su opinión al taxista que me llevó de vuelta al aeropuerto. El tipo que, casualidades de la vida, resultó ser el mismo, me desaconsejó “Tierra de sol y cobre” y propuso este otro más definitorio a su juicio.

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Mal de montaña

bolivia0Padecer soroche o apunarse también lo llaman por aquí. Dos palabras nuevas que aprendí. Saliendo de San Pedro de Atacama en dirección noreste enseguida se cruza la frontera boliviana, a la actual me refiero. Ahí os dejo su bandera -banderas una vez más-, con el mastil clavado al borde de la nueva línea inventada.

En un abrir y cerrar de ojos la altitud se multiplica por dos y, partiendo de San Pedro, eso significa que se rozan los cinco mil metros. Hay algunos que lo llevan mejor y otros peor; yo soy de los del segundo grupo. No es la primera vez que sufro mal de altura en mis correrías pero en esta ocasión me dio fuerte de verdad. Con los conocimientos en medicina de un jugador de poker sería un atrevimiento intentar describir los síntomas aunque si alguno no sabe de lo que estoy hablando puede pensar en el cuadro clínico de una resaca de las gordas, pero no una resaca de las que se pasan cuando se es joven, sino de las de ahora. No sé si me explico.

Debo decir que las hojas de coca y demás remedios naturales que la Pachamama ofrece a sus hijos sirven de muy poco, y lo cierto es que las pastillas y el resto de cócteles químicos occidentales tampoco hacen milagros. Sin embargo nadie debe asustarse por eso, es solo cuestión de tiempo hasta que el organismo se acostumbra y el malestar desaparece. En mi caso necesité treinta y seis horas de reloj. Contemplando un rebaño de llamas estaba cuando reparé en que el tipo del mazo que habitaba en mi cabeza se había marchado.

Son en general tímidas pero una de ellas debió sentir curiosidad o compasión por el tipo paliducho con aspecto de gringo apoyado sobre la cerca y vino hasta donde yo estaba. Siento no tener documento gráfico para ilustrar el encuentro, ya sabéis, estos momentazos siempre le pillan a uno sin móvil ni cámara de fotos a mano. A solo tres pasos el animal detuvo el trotecillo y giró la cabeza hacia mí. Era mediodía y caía un sol que partía las piedras, y como la llamita no decía nada para romper el hielo se me ocurrió preguntar que dónde iba con ese abrigo de lana en medio de aquella calorina. No contestó, siguió con sus ojos clavados en los míos sin dejar de mascar. Puede que se quedara con ganas de escupirme -las llamas tienen fama de ser bastante chungas con los ignorantes y los molestones- pero lo cierto es que no lo hizo. Esa misma tarde se levantó un viento fortísimo, después llovió, granizó y por la noche la temperatura se desplomó por debajo de cero grados. Y entonces, mientras me castañeteaban los dientes, me acordé de la lana de la llama.

Conocí a un guía aimara que me explicó las mil recetas que sus antepasados habían seguido para asentarse en aquel altiplano desangelado donde la radiación del sol abrasa casi todo lo que consigue sobrevivir a las heladoras noches. Únicamente en los sitios más favorables el maíz es una alternativa, otras veces son el cultivo de la quinua o el pastoreo de las llamas las claves de la superviviencia. En vastas extensiones de terreno solo puede medrar la humilde paja brava y a veces ni siquiera. Pero a cambio los habitantes de la puna disfrutan de uno de los cielos estrellados más limpios del planeta y de paisajes imposbiles de encontrar en cualquier otra parte del mundo.

Definitivamente el mal de altura fue lo único malo de ese viaje

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Lluvia en el desierto

atacama1Toda la vida pensando que el adobe era el producto estrella de la ingeniería de materiales terracampina, su mejor aportación a la arquitectura mundial, cuando después de mirar un buen rato a la tapia que tenía enfrente comenzaron a asaltarme las dudas.

Tumbado bajo las ramas de un pimiento -pimientos, así es como llaman a las árboles que regalan su sombra caliente en la placita de San Pedro de Atacama-, no podía quitarle los ojos de encima a la pared de marras y hasta le tire una foto y todo. Hay mejores cosas que fotografiar en San Pedro, desde luego, pero el despertar de las siestas y el sentimiento de morriña son todo uno para mí, y aquel montón de barro seco y ordenado me transportaba a Urones de Castroponce y a otros lugares castizos de mi comarca natal. Después, cuando abría el plano, aparecían en escena elementos tan exóticos como la madera de cardón, una especie de cactus de por aquí, y patrones propios de la arquitectura colonial que definitivamente me traían de vuelta al lugar donde sesteaba. Y no era entre los ríos Cea y Valderaduey, sino en la región de Antofagasta, al norte de Chile.

¿Fueron los españoles los que llevaron las virtudes del adobe al Nuevo Mundo? ¿O ya entonces los atacameños conocían que la arcilla y la paja, con la ayuda del agua y el sol, son la mejor defensa contra el frío y el calor? Aunque estoy muy lejos de ser un experto en culturas prehispánicas me voy a inclinar por la segunda opción. Además, el uso de bloques de barro secados al sol tampoco es extraño en África y en otras regiones del mundo, así que definitivamente considerar que los terracampinos teníamos el copyright sobre el adobe era una ensoñación propia de un paleto que no había salido de su pueblo. Todos los nacionalistas se curarían si viajaran un poco, que nadie tenga la menor duda de eso.

atacama5A pesar de la dureza de este secarral, el desierto de Atacama ha sido el hogar de diferentes pueblos desde hace muchos miles de años, y después de la llegada de los españoles y de los distintos procesos de independencia posteriores siguió siendo un territorio disputado. Alguna vez Bolivia tuvo por aquí su salida al mar pero la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú entre los años 1879 y 1884, modificó las fronteras a favor del vencedor. Ahora Chile es aún más larguirucho de lo que era antes.

Acabo de dejar claro que no soy muy fan de las banderas. Si aparecen siempre en el blog no es por adornar sino porque son importantes para mucha gente, especialmente para quienes justifican la guerra envolviéndose en ellas, y eso las convierte en imprescindibles a la hora de intentar explicar la Historia. La que ondea en la imagen junto a la de Chile es la wiphala, bandera cuadrangular que agrupa a distintos pueblos andinos engullidos por los nuevos Estados sudamericanos; de siete colores como el arco iris insinuado sobre el cielo de tormenta.

Todas esas cosas estaba yo pensando mientras contemplaba el muro de tierra cuando una gota de agua helada aterrizó sobre mi nariz. Después llegaron todas las demás y al final nos tocó correr para buscar refugio bajo los soportales de la plaza. Había leído antes de venir que en algunos enclaves del desierto más seco del planeta pasaban años enteros sin una triste llovizna y que el promedio anual de precipitaciones en determinadas áreas se quedaba únicamente en 0,5 mm, por eso lo último que esperaba era un chaparrón como ese. Pero así fue.

No sirven de nada las guías y mucho menos los blogs viajeros, las fotografías jamás hacen justicia e invariablemente todo es diferente a como lo esperábamos. Hay que viajar para conocer, no queda otra. Y Atacama se lo merece.

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Valdivia

Únicamente han sido registrados cinco terremotos con una magnitud igual o superior a 9,0 grados. Y el de Valdivia es el que encabeza el funesto ranking. Casi sesenta años después, la dueña del hostal donde me alojé recordaba con la viveza con la que se graban las tragedias todos y cada uno de los momentos que rodaron después de que el reloj marcara las 15:11 de aquel ya lejano 22 de mayo de 1960. Los diez minutos siguientes fueron los más largos de toda su vida según sus propias palabras.

tabla-de-terremotos Soy consciente de que vivo en un país de alto riesgo sísmico por lo que cuentan las hemerotecas y por lo que aprendí en la Facultad de Filosofía y Letras -también por el sinnúmero de carteles de evacuación en caso de tsunami que me he encontrado cada vez que he ido a la costa-, pero lo cierto es que desde que estoy en Chile únicamente he sido testigo de un ligero temblor. Sucedió el año pasado más o menos por estas fechas y a mí me pilló en un séptimo piso: los cristales de las lámparas tintinearon y los cuadros oscilaron levemente; eso fue todo. Ninguno de los locales le prestó la más mínima atención mientras yo clavaba las uñas en el sofá lo más disimuladamente posible.

Esa es toda mi experiencia, así que estoy muy lejos de intentar siquiera imaginar, por más que haya escuchado las historias en boca de algunos de los supervivientes, lo que pudo ser tener los pies sobre la ruptura tectónica de mayor escala de la que se tenga constancia en toda la historia de la humanidad. La energía acumulada durante años entre las placas de Nazca, de un lado, y las placas continentales Sudamericana y de Chiloé, de otro, fue bruscamente liberada en pocos minutos a lo largo de una línea de fractura de una longitud de unos mil kilómetros. De acuerdo con los científicos, el ritmo anual promedio al que se produce la subducción de la placa oceánica de Nazca bajo la placa tectónica de Chiloé es de entre 8 y 9 cm. Pues bien, en aquel breve lapso de tiempo ambas se aproximaron con brusquedad 40 m. El mapa de Chile no es el mismo desde entonces.

Fue en Valdivia donde el episodio sísmico alcanzó su máxima intensidad: 9,5 grados de magnitud, equivalentes al nivel más alto en la escala de Mercalli, el XII, reservado solo para eventos catastróficos con destrucción total. El suelo allí pareció perder su condición sólida para ondular sin control, transformado en algo similar a una alfombra sacudida por un gigante. Todo fue lanzando por los aires, grietas sin fondo engulleron edificaciones enteras y el río de la ciudad tomó las calles. Las olas enormes que llegaron después al puerto hundieron y desplazaron barcos de miles de toneladas tierra adentro como si fueran de papel.

valdivia2Consecuencia directa del cataclismo fue el descenso de cota de la cuenca hidrográfica en todo el sector y la aparición de extensos humedales. Hoy constituyen el hábitat de especies tan llamativas como el cisne de cuello negro. En la fotografía podéis ver los totorales -juncales, para entendernos- a los que me refiero, ocupando miles de hectáreas antes emergidas. Y si le echáis un poco de imaginación también podréis intuir la presencia de los famosos cisnes valdivianos. Al menos un bonito recuerdo de todo aquel desastre.

valdivia1Valdivia toma su nombre del conquistador español Pedro de Valdivia, y en Bahía de Corral las fortificaciones que todavía se conservan recuerdan su pasado colonial. A la izquierda una vista de esta bahía en la desembocadura del río Valdivia.

valdivia3Antes de los españoles por aquí vivieron los mapuches, en un territorio salvaje que después acabaría siendo Chile. Desde mediados del siglo XIX la llegada de colonos alemanes -incentivada por el Gobierno del país para poblar los territorios del sur y afianzar así sus fronteras-   se dejaría notar en la actividad industrial de la localidad, en su arquitectura y en su devoción por la cerveza. Algo de eso os conté en la entrada anterior.

Todos fueron dejando su huella en una ciudad sorprendente a la que un terremoto, con una violencia nunca antes vista en nuestro planeta desde que el hombre lo pisa, estuvo apunto de aniquilar. Pero Valdiva merece ser conocida por mucho más que eso. Aquí encontraréis puentes colgantes permanentemente colgados y, entre otras cosas, un viejo submarino de guerra descansando en el  río.

valdivia4Y también lobos marinos de agua dulce. Hace ya bastantes años el primero de ellos llegó hasta aquí desde el océano remontando el curso del Valdivia y, supongo que siguiendo su olfato, fue a dar con el coqueto mercado fluvial de la ciudad, a orillas del río Calle-Calle. Imagino que entonces pondría cara de bueno y alguno de los pescaderos se apiadó de él y le tiró una merlucita. En ese preciso instante el lobo marino pionero descubrió lo fácil que podía ser la vida y fue incapaz de resistir la tentación de contárselo a sus colegas. Y aquí viven ahora unos cuantos, tan felices. Por cierto, son lobos marinos y no focas. Lo digo porque si algo detestan estos lobos aburguesados es ser llamados “focas” por los turistas. Avisados estáis.

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Triatlón viajero

Hubo que cambiar la bici por el avión y el agua de la piscina por el asfalto de la carretera. De otra forma habría sido imposible llegar a tiempo. Aunque en mi descargo debo decir que corrí el doble de lo establecido en eventos de este tipo.

Volar mil quinientos kilómetros y hacer mil más en bus no es lo más aconsejable antes de una media maratón pero nunca fui bueno planificando y esa era la única manera de estar en la línea de salida antes del pistoletazo. No recomendaría a nadie hacer sobre esfuerzos de empalmada, ya digo, salvo si se trata de los 21 km de Valdivia. Y de eso se trataba.

17 grados de latitud tienen la culpa del cambio radical de escenario. En la primera imagen tres guanacos en medio del secarral más inhóspito que he conocido en mi vida y en la tercera una yunta de bueyes paciendo en paisajes que cualquier asturiano confundiría con Asturias. Son las regiones de Antofagasta y de Los Ríos, ambas chilenas.

¿Y qué es lo que diferencia la carrera de Valdivia de todas las demás? ¿Qué tiene de especial para justificar la kilométrica paliza? Pues que en la llegada no te agobian con bebidas isotónicas. Cuando cruzas la meta en Valdivia reparten cerveza.

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De cabo a rabo

Reconozco que el encabezado de este post no es ni aproximadamente cierto, pero ya sabéis que los titulares y el cuerpo de las noticias suelen estar reñidos. Se trata ante todo de llamar la atención aunque sea a costa de maltratar la verdad.

calama-valdiviaPor aquí a la izquierda os dejo un pantallazo con los destinos implicados. La expedición consta de dos partes y todo empieza con el vuelo de Santiago a Calama, allá arriba, en el extremadamente seco desierto de Atacama, tanto que es el lugar más árido del planeta. Después de unos días secándome al sol vuelta a Santiago y pechada de autobús entre la capital y la Región de Los Ríos.

En la captura de pantalla aparece un vuelo de Calama a Valdivia que no va a tener lugar, pero me parecía una buena referencia visual para dar idea de lo larguísimo que es este país: desde Calama hasta la frontera con Perú todavía queda un trecho, y desde Valdivia hasta el confín sur toda una eternidad. De ahí que “de cabo a rabo” no se ajuste mucho a la realidad. Excluyendo el territorio antártico son más de cuatro mil los kilómetros chilenos en sentido meridiano. Alacranes y pingüinos sin cruzar aduanas. Casi nada.

La mitad sureña tendrá que seguir esperando por mí aunque confío en traer alguna buena historia que contar sobre la otra mitad. En unas horas me pongo en marcha.

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